La Cultura Cannabis



La cultura Cannabis, mas que una cultura, o contra-cultura, es ante todo, una conciencia, pero no ya la triste conciencia agitada por los psicólogos, sino aquella conciencia que actúa y se mueve bajo un estado de alerta permanente, una conciencia que se obedece a si misma y que solo ante ella es responsable.

Y de lo que tiene conciencia esta conciencia, es que toda ley que legisle en sentido contrario a la expansión del ser y de sus libertades es una ley criminal por cuanto perpetra el mayor de todos los delitos, y es el que a diario cometen los Estados cuando invocando derechos discutibles vienen en su nombre a colonizar las soberanías de las que el cuerpo es Amo y Señor incontestable.

El catálogo de estragos atribuidos a la droga ha excluido de su galería de catástrofe social y psicológica engendrada por la prohibición ya que, mas allá de los fundamentos jurídicos en los que se funda, su gravedad consiste en haber transformado el genuino goce en un delito y la exploración personal en una travesía hacia el infierno de la que “no se vuelve”.

El Estado nos propone cambiar las drogas psicoactivas por el lente veneno de las drogas cotidianas, aquel que vierte la estupidez colectiva, gota a gota y día a día sobre todos los seres hasta transformar las existencias genuinas en existencias comunes y vacías de sustancia e induce así al “adicto” a reencontrarse en el rebaño humano del que un acto soberano y soberbio lo ha separado. Y es en la desviación misma que a modo de cifra reside la pauta y la razón que informa sobre la soberanía de aquel acto y a la cual los mecanismos del Estado no cesan de oponer la contra-razón, piedra fundamental en la que se soporta la siniestra operación de “recuperación” del adicto.

El llamamiento terapéutico que se ejerce sobre el ser que en nombre de su alegada soberanía se separa del rebaño humano, es en verdad acto de cínica y velada violencia en tanto procura diluir el sujeto en aquella corriente errática y amorfa pues en su vaciamiento reside la condición de tan infame obediencia.

Las sociedades convinieron, según un consenso, llamar “educación” a esta siniestra y silenciosa operación de extracción del ser, de transformación y aplastamiento de lo genuino en el oro falso de seguridades vacías. ¡En ninguna otra cosa consiste la “adaptación” a lo social! Renunciar a la verdad por lo verosímil, renunciar al ser por un simulacro de existencia. El “adicto” es el que viene a poner en funcionamiento aquella maquinaria de recuperación y quien, al mismo tiempo, traba y altera sus mecanismos. La cultura cannabis habita en este borde imposible y su conciencia alerta y vigilante es la respuesta a aquel oxímoron en el que la ley necesariamente incurre cuando prohíbe allí donde permite y permite allí donde prohíbe.

La monótona mitología urbana que se tejió en torno a la marihuana – tan abundante como la griega y la romana, pero privada de la belleza y verdad de aquellas – presenta al “fumador” como un ser desprovisto de conciencia y pensamiento a causa del consumo, cuando en verdad, ningún acto requiere tanta conciencia y potencia de pensamiento como el de emprender un viaje por la insondable interioridad del ser sin que ningún Virgilio esclarecido venga a guiarlo.

Publicado el 31 diciembre, 2008 en Estados de la mente, Ganja, Pachamama y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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