Como romper el corazon de un elefante



Romper el corazón de un elefante, es romper el espíritu a un animal por demás noble, es humillarlo, obligarlo a convertirse en un bufón lleno de miedo, hambre y sed. O´Biren al escribir este relato, nos deja anclado en el pensamiento, que el “fruto” de tanta crueldad hacia los elefantes se traduce en ROMPERLES EL ESPIRITU: “Romper el espíritu es un crimen espiritual. La expiación entonces, presumiblemente ha de ser también espiritual. Habrá un castigo y la responsabilidad de este crimen será compartida entre los perpetradores de la captura y los domadores del animal, y también por aquellos que los ayudan y los inducen, zoológicos, dueños de circos y accionistas y todos aquellos que promueven o impulsan la exhibición del “artículo terminado” -y esto incluye a aquellos que pagan por ver a los animales actores-“.

El hombre en el centro de la pista hace sonar su látigo y los grandes elefantes comienzan a trotar alrededor del círculo, sus trompas de cada uno agarradas a la cola del de adelante. Luego hay un silbatazo y los animales se mueven al son de un baile cómico.

Grandes monstruos gentiles, ¿no es verdad? Cualquier hombre de circo le dirá que el elefante es el animal más popular bajo la gran carpa. Pero, ¿alguna vez te has preguntado por qué son tan fáciles de manejar en el circo? ¿Cómo se le enseña a bestias tan grandes estos delicados trucos?

Ellos aprenden mediante un rompimiento de espíritu, difícil prueba que lleva meses y a menudo vidas.

Yo lo he visto y he vivido en ello. No es ningún placer.

En Sumatra, nativos rodeaban a una manada de elefantes y los conducían hacia una empalizada de alrededor de 30 metros de diámetro. Usando gongos, matracas y rifles, los nativos producían un ruido que asustaba a la manada, haciendo que se moviera hacia el conducto que llevaba a la empalizada.

Al entrar al conducto, todo el infierno se desata. Todos gritan, los gongos suenan estrepitosamente y los rifles se disparan para hacer que los animales aterrados continúen moviéndose hacia la empalizada. Ya que todos están dentro, se cortan las sogas que detienen la puerta de la entrada y ésta cae hacia abajo por dentro, entonces la presión de los cuerpos de los elefantes es aún más, están hacinados.

Se les deja solos hasta que cesan de topetar las paredes de troncos para tratar de tirarlas. Entonces se arman los corrales para domar; los elefantes tienen que ser domados aquí, en la jungla, antes de ser embarcados a zoológicos o circos.

Algunos elefantes escapan a la refriega de la doma, pero solamente para tener una muerte lenta. Estos son los que tienen colmillos.

Henrick Boon, holandés dedicado al negocio de los elefantes en Indonesia, antes de que los nativos salieran de cacería, una vez me dijo que los elefantes con colmillos no son costeables para domar. “El marfil que llevan, cuesta casi lo mismo de lo que producirían después de ser domados”, dijo.

“¿Qué hacen con ellos? ¿Los matan con armas de fuego?”, pregunté. “Dispararles cuesta dinero”, contestó irónicamente. “Nosotros ponemos a los colmilludos en un corral para domar, que tienen dos postes enterrados en el suelo en forma de V. La cabeza del colmilludo es jalada por entre estos postes hasta que queda atrapada por detrás de las orejas. Entonces unos travesaños son empujados bajo su vientre delante de sus patas traseras y atrás de las delanteras, hasta una altura que casi sus patas pueden solo escasamente tocar el suelo. Ahora está impotente y listo para las vacas”.

“¿Vacas?”, le dije.

“Un viejo Rajá, Palem Kok, tiene un par de vacas viejas (elefantas) llenas de cicatrices y le juro que disfrutan de lo que hacen; se acercan pesadamente al colmilludo atrapado y se restriegan en él hasta que se calma y ya no trata de sacar la cabeza del cepo. Entonces los mahouts (guías y cuidadores de elefantes) le ponen cadenas alrededor del cuello y atan a las vacas quienes inmediatamente se separan del colmilludo y las cadenas lentamente aprietan hasta que el elefante patea y gime. En medio de estertores de muerte, de su pequeña boca triangular brota sangre y muere estrangulado, con su cabeza desgarrada por la mitad”.

Estos son los más afortunados de los elefantes atrapados; para los demás, los problemas sólo están comenzando.

La manada se muere de hambre por días, esto los vuelve menos peligrosos para manejar. Entonces se escoge a uno y se le deja salir de la empalizada hacia el corredor que lo llevará hacia los corrales para domar. Una vez dentro, es acorralado por delante y por atrás; el corredor es demasiado estrecho para que pueda voltearse.

Mientras está comiendo ávidamente el alimento con que ha sido atraído dentro del corredor, es atado de sus rodillas y tobillos para que solamente pueda dar pequeños pasos de seis pulgadas a la vez. Su trompa es asegurada para que no pueda matar a alguien con ella y con cuerdas de bejuco se aseguran sus patas delanteras y traseras. Después, picándole con lanzas desde atrás, es gradualmente arrastrado hacia dentro del corral de doma. Con su cabeza firmemente amarrada, su peso es sostenido por barras cruzadas. Y ahí permanece por dos semanas con su primera lección.

Durante este tiempo también se le da muy poco de comer. Su “mahout” viene hacia él por primera vez, se sube encima, esquivando los topetazos de su cabeza, tallando sus orejas, aceitando su piel, lavando sus ojos, dándole su pequeña ración de fruta y agua hasta que esté acostumbrado a tener un hombre sobre él. Cuando ese tiempo llega, está listo para su lección más importante.

No se debe olvidar que la trompa de un elefante, aunque puede matar a un hombre con ella, es muy sensible. La mantiene siempre enrollada durante todo el tiempo en que el peligro asecha. Y ésa es parte de la lección.

Se le quitan las ataduras de sus patas, se le amarra una soga a la trompa y bejucos resistentes a sus patas delanteras y traseras. Luego el “mahout” sube al cuello del elefante y la cabeza es liberada de los cepos. Al principio se queda parado. Entonces los hombres de la soga atada a la trompa lo jalan y camina hacia fuera, aparentemente libre. Pero si trata de correr, los hombres de la soga lo hacen tropezar por las patas y cae al suelo con un golpe que lo deja bastante maltratado. Nuevamente logra ponerse de pie y los hombres que le sujetan la trompa lo jalan en otra dirección.

Si trata de correr hacia delante, los hombres que le sujetan las patas traseras lo jalan haciéndolo caer. Después de varias caídas estrepitosas, está conforme con caminar hacia donde lo jalen. El “mahout” grita las instrucciones y lo hiere en la cabeza con el ankus (gancho con un aguijón) y él camina de un lado a otro. Pero esto no es suficiente para los entrenadores.

Caminando atrás del elefante, están media docena de hombres que cantan una tonada como si marchasen manteniendo un paso mientras azotan la parte trasera del elefante con cañas de bambú. La parte más delicada de la piel en el elefante, se encuentra en la raíz de la cola y es ahí donde las cañas golpean sin piedad y azotan y cortan, minuto tras minuto, hora tras hora. Al principio, el animal sobresaltado por todo el jaloneo, golpes y gritos, no se da cuenta que la paliza con las cañas de bambú lo están hiriendo. Entonces, al acostumbrarse al movimiento las heridas comienzan a punzar. No puede voltear su cabeza porque los hombres que le tienen atada su trompa se la lastiman. Tampoco puede correr porque lo harían tropezar. Solamente sigue adelante derramando lágrimas de sus ojos, gimiendo, acatarrado de su trompa por el calor del día, bajo el candente sol.

Entonces, baja su cabeza y grita una vez con un largo, estremecedor y ahogado lamento…

Su corazón, su espíritu… está roto.

Ahora, él ya no trata de correr, ni siquiera de tener resguardada su trompa. Está a merced de los demonios que lo atormentan. Lo reconoce.

Le dan de comer y lo llevan al río para bañarlo. Nunca volverá a los cepos. Ahora es un elefante domado.

“¡Pero no siempre!”, me dijo Henrick Boon. “Recuerdo una vez a un elefante que ellos no pudieron domar. Lo sacaron de los cepos; su “mahout” era un nativo de Bakat llamado Bonan. Antes que todo, trató de atacar a los hombres que le sujetaban la trompa. Lo hicieron tropezar y lo derribaron, produciéndose un golpe que sacudió todo el campamento. Pataleó y trató de rodar sobre Bonan. Pero el “mahout” había saltado a salvo. Los hombres de la soga se apartaron y lo jalaron hasta que se puso de pie. Sus ojos rojos estaban llenos de ira y su trompa enredada en el arnés de piel, emitía sonidos como alaridos de furia. El “mahout” lo montó y los hombres de la trompa lo arrastraron. Él embistió hacia delante y sus patas traseras fueron tiradas hacia atrás hasta que casi quedó extendido de bruces totalmente. Rodó otra vez hasta que su piel estaba gris por el polvo y había sangre en su trompa. Cuatro veces fue derribado y entonces lo dejaron descansar, porque los hombres de las sogas estaban agotados.

“Comenzaron otra vez en la tarde. Esta vez obedeció. Pero de su garganta emitía sonidos gorgojeando, y su cabeza seguía jalando la soga con su trompa. Tras él caminaban los hombres de las cañas de bambú, riendo burlonamente mientras golpeaban las partes delicadas, abajo y arriba de su cola. A los primeros golpes se detuvo, apretó la cola por abajo y gimió como un toro. Los hombres de la trompa jalaron y tuvo que seguir adelante. Otra vez las cañas lo hirieron. Reparó, luchó jalando las sogas y se paró sobre sus patas traseras.

“Lo bajaron de un tremendo golpe y después siguió caminando, los hombres con las cañas llenas de sangre reían como maniáticos. De derecha a izquierda siguió a los hombres de la trompa. Retrocedió, caminó hacia delante, dio vuelta, se detuvo. Pero no podían hacerlo gritar.

“Bonan, enterró el aguijón en la cabeza, cortó sus orejas. Los hombres de la trompa jalaron el arnés hasta que su trompa derramaba sangre. Había sangre en su cabeza y caía tras sus orejas sobre la arena, mientras lo jalaban dando vueltas, vueltas y vueltas.

“Obscureció, pero el Rajá Palem Kok dijo al “mahout” que lo mantuviera caminando hasta que desistiera. Prendieron grandes fogatas alrededor del campamento y las antorchas dibujaban la silueta de la figura, caminando pesadamente en medio de sus torturadores, silencioso con las punzadas y las heridas de las cañas de bambú.
“Pero no fue el corazón del elefante el que se rompió. El Rajá mandó esclavos para que azotaran a los hombres de las cañas y para injuriar al “mahout” ¿Qué clase de entrenadores eran ellos?, gritó.

“Siguieron frenéticamente. Los gongos hicieron eco, los fuegos llameaban, pero el elefante no gritaba. Finalmente el Rajá ordenó que se detuvieran. El elefante regresó a los cepos.

“Yo oía ruido y no podía dormir. Bajé al campamento y vi a la bestia parada en el corral, los postes sujetando su cabeza de la que escurría sangre; sus pequeños ojos, rojos a la luz del fuego, viendo a la gente justamente igual que el elefante de circo lo mira a usted cuando se acerca.

“Miré a los hombres exhaustos con sus cañas ensangrentadas todavía en sus manos. Entonces, llegaron aquellas dos horribles vacas, arrastrando las patas ansiosamente hacia los cepos. Sus “mahouts”, borrachos, estaban riendo con los labios manchados de betel y sonando sus cadenas.

“Eso fue demasiado para mí. Ese elefante, parado tan calladamente, había soportado todo lo que sus cuarenta atormentadores pudieron hacerle y no se había domado. Él merece algo mejor que ser estrangulado, vociferé.

“Corrí a mi choza y tomé mi rifle express, un 450 Westley Richards. El elefante me miró mientras me apresuraba a él. Tenía la impresión de que sabía lo que yo iba a hacerle. Posiblemente me hubiese agradecido si hubiera sido capaz; no lo sé. Puse la boca del rifle cerca de la raíz de la trompa, entre los ojos, un poco arriba de ellos y apreté el gatillo.

“El disparo casi me derriba cuando las balas de grueso calibre estallaron dentro de su cabeza. No se movió y altivamente me miró con un gran hoyo en él. Entonces se quejó una sola vez y con un profundo gemido estremecedor se desplomó jalando con su gran peso hacia abajo los postes que todavía sostenían su cabeza.

“Los nativos cayeron sobre mí como hormigas. Les di de patadas y di vuelta a mi rifle, listo para romper algunas cabezas. Pero desde atrás, me hicieron tropezar y me arrastraron hasta donde estaba el Rajá, sentado en cuclillas sorbiendo vino de una jarra. Me gritó como una mujer histérica, con coraje por no poder ver el estrangulamiento del toro (el elefante) y con rabia al no poder romper el espíritu del animal. Tenía miedo; pensé que me partiría en dos. Y eso provocó algo en mí.

“¡Adelante!”, le grité “¡Usted pone una mano sobre mí y yo le lanzaré una maldición que hará que todos sus hijos parezcan cerdos!”

“No sé que me hizo pensar en eso, pero los Bataks tienen un miedo mortal a las maldiciones y los cerdos es lo que más odian. Como quiera que sea, él hizo que me sacaran y me reportó a los oficiales y, ¿sabe qué? Ese maldito juró que yo, deliberadamente, había destruido un valioso elefante que estaba entrenado y listo para la venta. Se me prohibió volver a cazar animales en su provincia.

Henrick Boon dejó la caza de elefantes después de eso.

“Cuando fui a un circo, miré al hombre elegante con su hermoso uniforme y el elefante paciente siguiéndole alrededor como un perrito faldero y pensé: ¿cree usted que es un gran entrenador de animales, verdad? Pues no ha entrenado nada. Todo lo que hizo fue enseñarle pequeños trucos a una noble bestia cuyo corazón había sido roto mucho antes de que usted lo conociera y pensé en los pequeños hombres desnudos, con jugo de betel goteando de sus bocas y caminando detrás de un elefante haciéndole llagas para romper su corazón y que pudiera aprender cómo pararse de cabeza y mendigar cacahuates. Todo esto, más o menos, echó a perder el circo para mí”.

Este artículo fue publicado en “Real”, New York, el 25 de febrero de 1955. Pese a que han transcurrido cerca de cincuenta años, la captura, el entrenamiento y el trato de elefantes en espectáculos y otras explotaciones, no ha cambiado mucho.

En pleno siglo XXI, en Vietnam siguen atrapando y domando elefantes para la tala de árboles, los elefantes son obligados a jalar los gruesos y pesados troncos y transportarlos a explanadas, en el intento varios elefantes resbalan y mueren fracturados o ahorcados por el peso de los troncos. Antes de ser explotados para este tipo de trabajo, el método para domarlos es muy similar al explicado en el artículo, muchos de los elefantes son robados desde muy jóvenes a sus madres, y las hembras preñadas en cautiverio dan a luz encadenadas y aisladas (algo terrible, porque en su hábitat natural cuando dan a luz son asistidas por otras hembras).

Por Brian O´Biren

Publicado el 8 noviembre, 2008 en Estados de la mente y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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